Miré la tormenta.
Era oscura, potente, nerviosa, eléctrica.
Estaba triste, angustiada.
Era tan grande
que ocupaba todo lo que los ojos podían abarcar del cielo.
Fui a verla
porque dentro de mí, en el pecho,
había una tormenta similar.
Quise mirarla para no sentirme sola.
El cielo era gris,
como mi pecho,
como mis sentimientos.
Cuando la miré, la tormenta rugió.
No rugió porque me hubiera visto,
rugió porque eso hacen las tormentas
cuando se manifiestan.
La tormenta no me vio.
Y entonces no solo me sentí sola,
sino también pequeña,
en medio de una tormenta que no era la mía.
Yo miré a la tormenta
esperando que la tormenta me mirara a mí.
Pero era demasiado inmensa
para ver algo más allá de sí misma.
Entonces dudé:
¿mi tormenta no era tan grande
o yo era capaz de sostenerla dentro de mí?
La tormenta me mojó,
me salpicó,
me hirió.
Y comprendí que, en lugar de mirar la tormenta,
debería haber buscado el sol,
un cielo despejado
o una noche llena de estrellas.
Porque la tormenta
ya la llevaba dentro.
¿Por qué duplicar la oscuridad?
¿Por qué mirar el abismo
cuando el abismo ya vive en uno?
A veces creemos que el consuelo
está en reconocernos en lo mismo,
en espejarnos en la tristeza.
Pero no siempre es así.
A veces lo que necesitamos
es lo contrario:
aprender de la luz.
De los rayos del sol,
de las estrellas encendidas,
del brillo suave de la luna
en una noche tranquila.
La tormenta ya la conocemos.
Ahora necesitamos saber
cómo se siente la calma.
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