Trabajo en Bennington Sanatorio como psicóloga, pero pronto descubrí que mi lugar no estaba detrás de un escritorio, sino al lado de los pacientes, escuchando, acompañando, ayudando. Así que dejé mi puesto formal y tomé uno de enfermera. Aquí puedo verlos, sentirlos, entenderlos de cerca... y, a veces, ayudarlos más que algunos doctores.
Diana Reid es mi paciente favorita. La esquizofrenia que la acompaña desde hace años la hace frágil y fuerte al mismo tiempo, un enigma que no puedo dejar de intentar descifrar. Su hijo solo le manda cartas, palabras que llegan tarde o que no llegan en absoluto. He visto cómo esas cartas, en lugar de acercarlos, la dejan más sola, más atrapada en su mundo confuso.
Paso tiempo con ella, escucho cada pensamiento fragmentado, sostengo su mano cuando la ansiedad la atraviesa como un frío que no se ve. A veces, cuando nadie más está, me atrevo a hablarle de las cosas que su hijo podría decirle si estuviera aquí, a recordarle que no está sola, que alguien se preocupa, que alguien entiende sus silencios.
Es un trabajo silencioso, casi invisible, pero sé que cada pequeño gesto importa. Y aunque las cartas nunca sean suficientes, sé que mientras yo esté aquí, Diana tiene un refugio que va más allá del papel: una presencia constante, un oído que no juzga y un corazón dispuesto a acompañarla en su laberinto.
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