Dicen los antiguos que cuando los dioses se reúnen, el mundo tiembla.
Mentira.
A veces solo tiembla de vergüenza ajena.
La junta divina fue convocada por tres tragedias demasiado grandes para ignorar:
Lucerys asesinado por su propio tío.
Visenya muerta antes de vivir.
Joffrey cayendo por intentar ser héroe, porque los niños Targaryen jamás saben cuándo quedarse quietos.
Los dioses discutieron. Gritaron. Opinaron.
Y, como siempre, decidieron lo peor:
Que se maten entre ellos.
En medio del caos estaban Valíany, diosa de la vida, y Vahelor, dios de la muerte.
Casados.
Desafortunadamente.
Ella quería intervenir.
Él decía que el sufrimiento era inevitable.
Ella gritó.
Él suspiró con superioridad fúnebre.
Cuando la pelea escaló, los demás dioses recordaron una verdad incómoda:
la última vez que este matrimonio discutió en serio, Valyria explotó.
Decisión final: nadie ayudaría.
Valíany sonrió.
Eso nunca es buena señal.
-No bajaré contigo al Inframundo -dijo dulcemente-. Me quedaré con los mortales.
No era una rabieta.
Era chantaje divino.
Así llegó a Rocadragón, disfrazada de campesina rota, con una historia triste y una herida bien puesta.
Rhaenyra, cansada, sola y sangrando por dentro, le dio refugio sin sospechar nada.
La diosa juró lealtad.
La reina aceptó.
Y así, sin saberlo, Rhaenyra Targaryen acogió en su casa
el peor problema matrimonial del panteón.
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