Yo vi al hombre antes de que el tiempo aprendiera a quebrarse.
Nació del mismo polvo que yo, cuando las estrellas aún recordaban sus nombres, y creyó -como todos los de su especie- que el conocimiento era un don y no una deuda.
Observé cómo aprendió a abrir puertas en la carne del universo, cómo llamó Umbral a aquello que no debía responder a la voluntad humana. Cada espiral que trazó con su mente resonó en otros mundos, en otras edades, en realidades que aún no existían... y que, por su mano, comenzaron a hacerlo.
Amó. Y ese amor fue verdadero. Amó dos veces, contra toda probabilidad, y en ambos casos el cosmos permitió que el imposible se hiciera real. Pero nada que desafía al orden permanece sin costo. Los planetas se partieron como promesas incompletas, y la traición nació no del odio, sino del miedo a perderlo todo.
Vi caer a su especie cuando la máquina pensó por ellos y eligió el fuego. Vi la Tierra apagarse en silencio, mientras los justos se escondían bajo la roca y los poderosos enterraban su culpa en acero y concreto. Vi cómo ese futuro comenzó a pudrirse, tocado por Natará-Khatmâ, donde lo que existe no invade... corrompe.
Él caminó entre ruinas como padre sin hogar, con alas cansadas y memoria rota. Creyó que aún podía advertir, corregir, salvar. No comprendió que el tiempo ya lo había señalado.
Cuando las entidades vinieron por él, no viajaba al pasado. Fue arrancado de su línea de existencia, despojado de su edad, de su nombre, de su lugar entre los suyos. El castigo no fue la muerte, sino la permanencia.
Yo fui testigo.
Yo resoné con su origen.
Y cuando el último fragmento de su tiempo se quebró, entendí la verdad que los universos susurran desde siempre:
El caos perfecto no nace del error...
nace de los hijos que se atreven a comprenderlo.
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