Hay sueños que no se olvidan porque no fueron solo sueños.
Fueron refugio.
Esta historia sigue a una chica que, al comenzar la secundaria, se siente fuera de lugar: invisible entre voces ajenas, pequeña en espacios que no la cuidan. Mientras el mundo real le exige encajar, cada noche encuentra un lugar distinto al cerrar los ojos.
Allí aparece él:
Un chico sin rostro definido, pero con una presencia constante, una voz que escucha, comprende y sostiene.
En sus sueños no hay juicios ni exigencias. Hay conversaciones suaves, silencios que no incomodan, palabras que sanan.
Con el tiempo, ese vínculo se vuelve un ancla emocional, una forma de sobrevivir a los días en los que sentirse sola pesa demasiado.
Cuando la realidad irrumpe y el sueño se apaga, la protagonista cree haber entendido todo mal. Confunde presencias, mezcla tiempos, intenta encontrar en personas reales lo que una vez la salvó en sueños. Hasta que una noche, el pasado regresa.
Y esta vez, el chico se deja ver.
A través de entradas de diario y capítulos íntimos, esta historia habla del crecer sintiéndose distinto, del amor que no siempre tiene forma humana, de los refugios que inventamos para no rompernos, y de aceptar que algunas presencias no están hechas para quedarse, sino para iluminarnos justo cuando más lo necesitamos.
No es una historia sobre perder la fantasía.
Es una historia sobre agradecerla.
Porque a veces, lo que nos salvó...
no era infantil.
Era necesario
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