Nació en mi cabeza mucho antes de llegar al papel. Nació de historias que no supe decir en voz alta, de emociones que me desbordaban y solo encontraban calma cuando se convertían en palabras. Empecé a escribir el día que me enamoré de una mujer y creí, ingenuamente, que el amor podía demostrarse con cartas. Y tal vez sí, al menos para mí.
Cada día escribía un poco más. Me gustaba sentir eso: la intensidad, el nudo en el pecho, la emoción de pensar en ella. No estaba confundida con lo que sentía, sino con cómo era posible que alguien pudiera despertarme tanto con tan poco. Su mirada, el roce de sus manos con las mías, sus abrazos, y el día que logré probar sus labios... todo quedó guardado en estas páginas. Su sonrisa todavía vive en cada palabra.
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