En un mundo dividido en cinco continentes con nombres nuevos y leyes rotas, la humanidad ya no vive bajo gobiernos, sino bajo el control de grupos violentos que no buscan orden ni poder político. No prometen futuro, no dan explicaciones. Su único motor es el placer de provocar caos, dolor y destrucción.
Las desapariciones, los abusos, las ejecuciones y la tortura se vuelven parte de la rutina diaria. Al principio, cada tragedia parece aislada. Un caso más. Una familia más. Un silencio más.
La historia comienza con algo simple: un día común. Una familia que almuerza tranquila. Un niño que va a comprar pan y nunca regresa. No hay explosiones ni advertencias. Solo una ausencia que se vuelve eterna.
A partir de ahí, la novela se adentra en la intimidad de familias destruidas por el mismo sistema: padres que buscan hijos que el mundo se tragó, víctimas que sobreviven a lo indecible, personas marcadas por la violencia gratuita. No hay un héroe elegido ni un salvador solitario. El verdadero protagonista es el dolor colectivo.
A medida que estas historias se cruzan, el sufrimiento deja de ser individual y empieza a convertirse en algo más peligroso: cansancio, odio, y una voluntad compartida de terminar con todo aquello que permitió tanta crueldad.
Esta no es una historia sobre esperanza inmediata ni finales limpios.
Es una historia sobre cómo, cuando el miedo deja de funcionar, la gente común puede convertirse en la fuerza más destructiva del mundo.
Una novela cruda, psicológica y apocalíptica, donde el caos no llega desde afuera...
sino que nace desde adentro de quienes ya no tienen nada que perder.