Harry Potter siempre creyó que el amor era eterno.
Creció en una casa llena de risas, besos robados en la cocina y miradas cómplices que decían "te elijo todos los días". James y Lily Potter eran su mayor certeza, su ejemplo, la prueba viviente de que el amor verdadero no se marchitaba con el tiempo. A su lado estaban Sirius y Remus, completando una familia imperfecta, pero profundamente feliz.
Desde los diez años, Hermione Granger fue su refugio. Mejor amiga, confidente, compañera de cada tarde y, con el tiempo, su novia. Tres años de una relación tranquila, segura, construida sobre costumbre, cariño y lealtad. Harry estaba convencido de que la amaba... aunque a veces se preguntara si la amaba como pareja, como mejor amiga o como a una hermana. No importaba. Amar era suficiente. ¿O no?
Todo cambia durante una cena familiar.
Unas palabras dichas con cuidado, un silencio incómodo y una verdad imposible de ignorar: sus padres van a divorciarse. No por traición, no por odio... sino porque ya no se aman como antes.
Esa noche, algo se rompe dentro de Harry al darse cuenta de que...
El amor se acaba.
El amor cambia.
El amor no siempre es para siempre.
Su mundo cambia por completo cuando se muda a otra ciudad junto a su madre, obligado a dejar atrás su antigua vida para comenzar de nuevo en la imponente mansión de su nueva madrastra... y de su hermanastro, Draco Malfoy. Allí, entre silencios incómodos y emociones confusas, Harry empieza a cuestionarlo todo: el amor, la lealtad y la relación que creía perfecta.
Porque tal vez el final de una historia no sea el final de todas.
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