Elizabeth Ross es todo lo que cualquiera admiraría: inteligente, educada, elegante, dulce. La clase de chica que parece intocable, perfecta, casi irreal. Una presencia que atrae miradas y despierta confianza con una sonrisa.
Pero esa imagen no es más que una máscara cuidadosamente construida. Pues cuando el mundo deja de observarla, Elizabeth revela su verdadera naturaleza. No es humana. No lo ha sido nunca.
Bajo esa apariencia angelical se oculta un demonio antiguo, temido, nacido del pecado y la crueldad, cuya existencia precede a la humanidad misma.
Para ella, los humanos no son más que criaturas corruptas, seres que se autoproclaman superiores mientras destruyen, mienten y se condenan a sí mismos. No merecen compasión. Merecen un castigo.
Elizabeth no siente culpa, empatía, arrepentimiento ni compasión. Solo hay odio.
O al menos... eso creía.
Su llegada a una nueva ciudad y a una nueva escuela altera algo que jamás había experimentado.
Daniel Thomas, un chico común como cualquier otro, no la ve como los demás. No la idolatra, no la teme, no la juzga.
Y por primera vez, algo en ella comienza a moverse dentro de ella, un sentimiento que nunca había experimentado.
Por otro lado, Oswald Price, un agente del FBI, está en busca de un asesino en serie. No tiene un perfil en concreto, pero tampoco que espera que, ese asesino que tanto busca... Sea la persona que menos se lo espera.
Entre pecado y castigo, entre lo humano y lo monstruoso, Elizabeth deberá enfrentarse a una pregunta que jamás había pensado: ¿Puede un demonio sentir algo más que desprecio...?
¿Elizabeth podría empezar a tener indulgencia por aquel ser que tanto desprecia?
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