Anthony Turner dejó de esperar porque desear duele. Vive anestesiado, convencido de que la ausencia de esperanza es la única forma de sobrevivir sin romperse más. Valerie Adams, en cambio, está exhausta de cumplir con una perfección que nunca pidió: estudiante de medicina, ejemplo constante, prisionera de las expectativas ajenas y de una ansiedad que la vuelve invisible para los demás.
Se conocen por casualidad en la azotea de un edificio viejo, una noche cualquiera, cuando la ciudad parece más honesta en silencio. No buscan ayuda ni consuelo. No quieren ser amigos, ni entenderse, ni salvarse. Solo hacen un acuerdo simple y brutal: usar ese lugar como un espacio donde puedan decir lo que nadie quiere escuchar, sin juicios, sin afecto, sin promesas.
Entre el concreto, el viento y la oscuridad, ambos se permiten existir sin máscaras. Son dos extraños rotos que no desean arreglarse, solo descargar el peso de seguir viviendo. Esta es una novela gris sobre el cansancio emocional, la presión de ser funcional y la extraña intimidad que nace cuando dos personas deciden no fingir.
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