Llegué al Campamento Mestizo sin cabaña y sin que ningún dios me reclamara.
No es tan raro como suena.
Lo raro es la culpa. Esa sensación constante de que hice algo mal, aunque no recuerde exactamente qué.
Antes de todo esto, mi mundo era más chico: mi hermana, algunos trabajos para llegar a fin de mes y la idea de que, mientras estuviéramos las dos juntas, todo iba a estar bien.
Después, nada fue igual.
El campamento no es el lugar seguro que todos dicen.
Hay miradas, silencios, cosas que no encajan.
Y está Percy Jackson, que claramente no confía en mí.
Yo tampoco lo soporto: es imprudente, habla antes de pensar y cree que siempre sabe dónde pertenece. Yo no tengo esa suerte.
Discutimos, chocamos en los entrenamientos y nunca estamos de acuerdo.
Aun así, cuando todo se complica, trabajamos bien juntos. Y eso es lo que más me molesta.
No sé quién soy.
No sé a dónde pertenezco.
Y no quiero empezar a sentir algo por alguien cuando ni siquiera confío en mí misma.
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