-Pero ¿sabes qué es lo que quiero? -susurré tan cerca que mis labios rozaron el borde de la oreja de Will, aunque la máscara no me dejara tocarlo de verdad-. Quiero verte quebrarte. Quiero escuchar cómo suena tu respiración cuando dejes de fingir. Will abrió la boca, esa expresión de furia y deseo mezclados lo atravesó por completo. Su pecho subía y bajaba rápido, y cuando apoyé mi rodilla entre sus piernas para inmovilizarlo, su cuerpo reaccionó antes de que él pudiera pensar. Él también lo sentía. Lo sabía. -No soy como tú -gruñó, pero su voz tembló. Una mentira desesperada. Presioné mi cuerpo contra el suyo, lento, deliberado. Mi mano sujetó su muñeca, la otra subió con el cuchillo rozando su cuello... y luego, despacio, bajó por su clavícula, sin cortar, solo acariciando con la parte plana de la hoja. Will cerró los ojos un segundo, respiró hondo, casi como si esa sensación le doliera y le gustara al mismo tiempo. -Eres exactamente como yo -le dije, rozando mi máscara con sus labios sin querer, tan cerca que sentí el calor de su aliento-. Solo que tú te niegas... y eso me excita. Will tragó saliva, su mirada se clavó en la mía a través de las sombras del plástico negro de la máscara. Sus pupilas dilatadas, brillantes, como si contuvieran un fuego que jamás admitiría. -¿Por eso quieres matarme? -susurró, la voz baja. No era un grito ahora. Era... otra cosa. -No quiero matarte, Will. -Mi sonrisa fue lenta, venenosa-. Quiero hacerte mío. El cuchillo subió otra vez, atrapando un mechón de su cabello mojado. -Y cuando por fin dejes de fingir... -mi voz bajó una octava, íntima, peligrosa-. Cuando me mires y aceptes lo que hay en tu oscuridad... Mis labios rozaron su mejilla a través de la máscara, apenas un toque, solo aire caliente y promesa. -Serás mi compañero.
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