La historia sigue a Lucas en su vida cotidiana en Buenos Aires, moviéndose entre las calles de Liniers y los pasillos de la escuela, donde mantiene un perfil bajo y reservado. En clase suele pasar desapercibido, habla poco y observa mucho, cumpliendo con lo justo mientras mantiene su mundo personal bien cerrado.
La música lo acompaña en todo momento, marcando el ritmo de sus días y funcionando como un escape silencioso. Entre tareas, recreos, caminatas y encuentros casuales, la historia muestra situaciones comunes: amistades que se forman de a poco, silencios incómodos y momentos simples que terminan siendo importantes.
Gran parte de su vida social existe gracias a Matías, su mejor amigo. Si no fuera por él, Lucas nunca habría llegado a socializar con el grupo de cinco que hoy lo rodea. Matías fue el puente, el que habló primero, el que lo arrastró a charlas, salidas y situaciones que Lucas jamás habría buscado por su cuenta.
A medida que el tiempo avanza, Lucas empieza a cambiar según con quién esté. En la escuela es callado y serio, pero con quienes logra entrar en confianza aparece otra versión de él: más relajada, auténtica y cercana. La historia explora ese contraste, el crecimiento personal y cómo la rutina diaria puede transformarse en algo más profundo de lo que parece.
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