Maya despierta en la oscuridad de la Caja el mismo día que Thomas, con la mente totalmente vacía y una angustia que le aprieta el pecho. Al igual que él, no guarda ni un solo recuerdo de su vida anterior: no sabe quién es, de dónde viene ni cuál es su verdadero nombre. Esa falta de identidad la consume y la estresa constantemente; se siente incompleta, perdida y frustrada, como si le faltara la parte más importante de sí misma. A su alrededor, el Área es un lugar extraño, rodeado de muros inmensos y un Laberinto mortal, donde la única ley parece ser sobrevivir un día más.
Poco a poco, conoce a los habitantes y aprende sus reglas, pero dos chicos logran despertar en ella algo que no esperaba y mucho menos quiere reconocer. Por un lado está Newt: sereno, leal, con una dulzura y fuerza que lo convierten en el pilar del grupo; con él se siente segura, comprendida y en paz. Pero también está Minho: valiente, impetuoso, desafiante y lleno de energía; con él siente una chispa distinta, magnética y llena de vida.
Maya comprende pronto que lo que siente por ambos va mucho más allá de la amistad: es algo profundo, intenso y abrumador. Sin embargo, se niega rotundamente a aceptarlo. En su mente, en un lugar tan peligroso y cruel, querer a alguien es una debilidad, un riesgo que no puede permitirse correr. Se esfuerza por reprimir cada mirada, cada gesto y cada latido acelerado, ocultando sus emociones tras una máscara de indiferencia. Pero cuanto más lo intenta, más crecen esos sentimientos. ¿Conseguirá seguir negando lo que su corazón grita, o deberá aceptar que incluso en el infierno, el amor puede ser la única verdad que le queda?
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