
Sonic era un chico que vivía solo desde muy joven. Sus padres habían muerto, y desde entonces el silencio se había vuelto su compañero más constante. El apartamento era pequeño, con paredes grises y ventanas que dejaban pasar una luz cansada, como si el sol también supiera que ahí dentro vivía alguien roto. Cada mañana, Sonic se levantaba temprano para ir a la escuela y luego al trabajo. Sonreía cuando era necesario, corría cuando hacía falta, y hacía bromas para que nadie notara lo pesado que se sentía su pecho. Nadie sabía lo solo que se sentía al volver a casa y cerrar la puerta detrás de él. Había días en los que Sonic se miraba las manos y pensaba en todo lo que había perdido. Las "rayas rojas" no eran algo que mostrara al mundo; eran recuerdos, marcas invisibles de noches largas, de palabras no dichas, de dolor guardado demasiado tiempo. No gritaban, no sangraban: solo ardían por dentro. Por las noches, Sonic se sentaba en el suelo de su habitación, apoyando la espalda contra la cama. Pensaba en sus padres, en cómo le hablaban, en cómo lo animaban cuando creía no ser suficiente. A veces cerraba los ojos e imaginaba que aún podía escucharlos decirle que resistir también era una forma de ser valiente. Aunque se sentía frágil, Sonic seguía avanzando. No porque no doliera, sino porque en algún lugar muy profundo sabía que su historia no terminaba ahí. Las rayas no definían quién era, solo contaban lo que había sobrevivido. Y así, día tras día, Sonic aprendía algo nuevo: estar triste no lo hacía débil, y seguir viviendo, incluso con el corazón cansado, ya era un acto de fuerza.Tutti i diritti riservati
1 parte