Renata aprendió a vivir con una certeza que otros apenas se atreven a pensar.
Memento mori.
Recuérdalo: vas a morir.
No lo decía como advertencia ni como plegaria. Lo llevaba tatuado en la memoria desde los cinco años, desde el metal retorcido, desde el peso del cuerpo de su hermano cubriéndola, desde el silencio posterior al impacto. La muerte nunca fue una amenaza para ella. Fue una presencia. Una conocida.
Por eso no le teme.
Lo que no comprende -y quizá nunca lo haga- es por qué ese día la dejaron quedarse.
Creció rodeada de ausencias. Aprendió a hablarle a quienes ya no respondían. A mirar sin sorpresa a los muertos cuando se acercaban. A aceptar que algunos no se van nunca del todo. Aceptó incluso a él, esa figura que aparecía en sueños y reflejos, que no pedía nada, que no explicaba nada.
Solo observaba.
A veces pensó que era un castigo.
Otras, que era una deuda.
Nunca un consuelo.
A los veintiséis años, cuando la visión fue demasiado clara -cuando el infierno dejó de ser metáfora y se volvió arquitectura- entendió algo simple y aterrador: no todos los que regresan lo hacen por error.
Pero aún así, la pregunta persiste.
¿Por qué ella?
¿Por qué no la acompañó con su familia, si podía hacerlo?
Renata sigue caminando por el mundo con los muertos a cuestas, con la vida colgándole de un hilo que nunca termina de romperse. No sabe si fue salvada, elegida... o simplemente olvidada a propósito.
Memento mori, repite en silencio, cada vez que la noche se vuelve demasiado quieta.
Alguien, en algún lugar que no pertenece al tiempo, todavía la recuerda.
Y espera.
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