Félix no lograba encontrar la palabra exacta para definirlo, pero desde hacía días una sensación extraña y punzante se había instalado bajo su piel, como una corriente eléctrica que se negaba a apagarse. Era una mezcla de incredulidad y un vértigo constante que le oprimía el pecho cada vez que intentaba respirar con normalidad.
Todo había comenzado aquel instante decisivo en el que el destino dio un vuelco inesperado. Aún recordaba el frío de la sala y el peso del silencio cuando le comunicaron que, contra todo pronóstico, estaba capacitado para regresar y formar parte de Stray Kids.
Parecía que fue ayer cuando se marchó con la mirada baja, cargando con el estigma de una expulsión que le supo a derrota personal. En aquel entonces, su limitado dominio del coreano se había levantado como un muro insalvable, una barrera de sonidos que no lograba descifrar y que lo mantuvo aislado en su propio esfuerzo. Sin embargo, ahora que las puertas se abrían de nuevo, el alivio no venía solo; venía acompañado de ese presentimiento inquietante que lo perseguía por los pasillos de la agencia, recordándole que esta vez no podía permitirse ni un solo error.