El día de mi boda vestí de blanco, el largo velo llenando el pasillo y mis tacones resonando en el lustroso piso.
La iglesia estaba llena y las sonrisas luminosas encandilaban mi vista. Desde fuera, todo parecía un cuento... la cima por alcanzar. Nadie habría sospechado que aquel matrimonio no nacía del amor, sino de un acuerdo cuidadosamente negociado.
Caminé hacia el altar con paso firme, sosteniendo un ramo que no me pertenecía tanto como el apellido que estaba a punto de adoptar. Él me esperaba al frente, impecable, distante, tan ajeno como el hombre que acababa de conocer semanas atrás. No hubo nervios románticos ni promesas susurradas; solo la certeza de que ambos cumplíamos un papel.
Cuando pronunciamos el "sí, acepto", el murmullo emocionado de los invitados selló nuestra mentira colectiva.
Aplausos, fotografías, brindis. Todo estaba diseñado para convencer al mundo de que éramos una pareja perfecta.
Pero bajo el velo, yo sabía la verdad:
aquella boda no celebraba un amor, sino un pacto.
Y así, entre votos aprendidos y miradas medidas, comenzó nuestra historia.