Elara Swan nació en Forks dos años después que su hermana mayor, Bella. Misma madre, diferente padre: un hombre que desapareció antes de que Elara aprendiera a decir su nombre. Charlie las crió a las dos con la misma paciencia callada, la misma rutina de policía y pescas los fines de semana. Bella era la mayor, la responsable, la que se preocupaba por todo. Elara era la pequeña, la que observaba desde las sombras, la que hacía preguntas que nadie quería responder.
A los catorce años encontró los archivos de Billy Black. Un descuido. Una carpeta entreabierta en el armario del pasillo mientras Billy y Jacob habían salido al pueblo. Fotos amarillentas, recortes de periódicos, notas manuscritas: fríos, sed, cambiantes, los Cullen, el pacto. Leyó lo suficiente para que el mundo se le rompiera. Cerró la carpeta, la dejó exactamente donde estaba y nunca dijo una palabra. Ni a Billy, ni a Jacob, ni a Charlie. Especialmente a Charlie.
Un mes antes del enfrentamiento en el claro por Renesmee, Elara cometió el error de salir sola al bosque después del atardecer. Quería pensar, alejarse del peso constante de la casa Cullen, de las miradas preocupadas de Jasper, de la forma en que Alice veía cosas que no le contaba. Caminó demasiado lejos. Y ellos la encontraron: tres nómadas sin manada, hambrientos, aburridos, crueles.
No fue rápido.
La violaron.
La golpearon hasta romperle costillas y muñecas.
Le arrancaron mechones de pelo y la dejaron sangrando sobre las hojas húmedas.
Cuando terminaron, la dejaron allí para que muriera lentamente, como un juguete roto.
La encontraron al amanecer. Jasper fue el primero en oler la sangre. La levantó en brazos sin dudar, con los ojos negros de sed y culpa. Carlisle dijo que no había tiempo para llevarla a la casa. El corazón de Elara latía demasiado débil, irregular, a punto de detenerse. Jasper no pidió permiso. Simplemente hundió los dientes en su cuello y dejó que el veneno hiciera su trabajo.
Tres días d
All Rights Reserved