Cuando te rompen el corazón, pasamos por varias etapas. La primera, negación; donde nos cuesta aceptar lo que paso, esperamos un mensaje, buscamos alguna señal o incluso minimizamos lo que paso. La segunda, el dolor; cuando nos cae la ficha de lo que paso, estamos angustiados, lloramos todo el tiempo, todo te recuerda a esa persona. La tercera, la culpa; donde imaginamos que hubiera pasado si las cosas hubieran ocurrido de otra forma, revisamos mensajes, te sentís culpable por cosas que no hiciste. La cuarta, la negociación; donde pensamos en otra oportunidad, que tal vez podamos volver a intentarlo más adelante, imaginamos posibles reencuentros. Y por último, la aceptación; sabemos que no dependía solo de uno mismo, entendemos que es lo que paso, empezas a seguir adelante.
Yo atravesé cada una de esas etapas. Me quedé atrapada en la negación más tiempo del que quiero admitir, esperando un mensaje que nunca llegó. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, me culpé por palabras que no dije a tiempo. Negocié conmigo misma, prometiéndome que si volvía a intentarlo, esta vez lo haría todo mejor.
Él fue mi hogar durante mucho tiempo. O al menos eso creí. Cuando se fue, no solo perdí a la persona que amaba, también perdí la versión de mí que existía con él.
Nadie te advierte que la aceptación no llega de golpe. Llega despacio, en pequeños actos. Y tampoco te dicen que, a veces, el amor aparece cuando menos lo estás buscando... y en el lugar más inesperado.
Nunca imaginé que quien me ayudaría a encontrarme sería alguien que jamás debí mirar de esa manera.
Porque a veces el amor no aparece cuando sos fuerte, sino cuando estás rota, cansada y con el corazón en las manos. Nadie te prepara para el amor que llega después del desastre.
All Rights Reserved