La vida de Maya en el edificio era tranquila, casi predecible, hasta que Joe se muda al apartamento contiguo. Lo que empieza con un par de encuentros casuales cargando cajas y préstamos de café, pronto se convierte en una complicidad natural. Joe trae una energía nueva a los días de Maya: risas compartidas a través de la pared, notas pegadas en las puertas y esa sensación de que siempre hay alguien esperando su llegada. Mientras la chispa entre Maya y Joe se vuelve imposible de ignorar, los celos de Christian comienzan a desbordarse. Maya tendrá que descubrir que, a veces, el verdadero peligro no es el extraño que acaba de llegar, sino la persona que dice amarte.
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