El mundo no nació dividido: fueron las decisiones las que trazaron las primeras líneas. Ciudades que apostaron por la permanencia y el orden, pueblos que eligieron moverse para no ser poseídos, y navegantes que aprendieron del mar que toda ruta cobra algo a cambio. Bajo un mismo cielo crecieron respuestas distintas a una misma pregunta: cómo sostener el equilibrio cuando todo cambia. Así surgieron los Hijos de Itzamná, guardianes de la continuidad; los Nómadas, defensores de una libertad pagada con sangre; y los Navegantes, habitantes del tránsito, donde recordar y olvidar son actos de supervivencia. Durante generaciones coexistieron sin tocarse del todo, seguros de que su camino era el menos cruel.
Al cruzar estos umbrales, tendrás que elegir bando: los muros que prometen estabilidad, el fuego que no acepta cadenas, o el mar que nunca promete quedarse. Elige con cuidado: en Umbrales y Horizontes, ningún camino está libre de culpa.
Los Nómadas
Aprendieron pronto que nada que se aferra demasiado sobrevive intacto. Expulsados, perseguidos o simplemente cansados de obedecer decisiones ajenas, eligieron el camino que no deja huella fija. Para los Nómadas, la libertad no es un ideal abstracto: es una práctica diaria, sostenida con sangre, renuncias y juramentos que no se escriben en piedra. No creen en centros ni en promesas eternas, solo en la lealtad inmediata y en el fuego que se comparte.
Pero moverse siempre tiene un costo. Cuando el peligro crece y las fronteras arden, la libertad puede convertirse en soledad, y la independencia en condena. Esta es la historia de quienes se niegan a arrodillarse incluso cuando hacerlo salvaría vidas; de quienes deben decidir si resistir es un acto de dignidad o de crueldad. Porque no todo lo que huye es cobarde, pero no todo lo que arde merece sobrevivir.
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