El mundo no nació dividido: fueron las decisiones las que trazaron las primeras líneas. Ciudades que apostaron por la permanencia y el orden, pueblos que eligieron moverse para no ser poseídos, y navegantes que aprendieron del mar que toda ruta cobra algo a cambio. Bajo un mismo cielo crecieron respuestas distintas a una misma pregunta: cómo sostener el equilibrio cuando todo cambia. Así surgieron los Hijos de Itzamná, guardianes de la continuidad; los Nómadas, defensores de una libertad pagada con sangre; y los Navegantes, habitantes del tránsito, donde recordar y olvidar son actos de supervivencia. Durante generaciones coexistieron sin tocarse del todo, seguros de que su camino era el menos cruel.
Al cruzar estos umbrales, tendrás que elegir bando: los muros que prometen estabilidad, el fuego que no acepta cadenas, o el mar que nunca promete quedarse. Elige con cuidado: en Umbrales y Horizontes, ningún camino está libre de culpa.
Los Hijos de Itzamná
Creyeron que el mundo podía sostenerse si alguien permanecía inmóvil en su centro. Levantaron ciudades sobre el agua, calendarios sobre el tiempo y consejos sobre la memoria de los ancestros. Para ellos, el equilibrio no era una idea, sino una estructura: algo que debía construirse, cuidarse y defenderse incluso de quienes decían buscar lo mismo. En su visión, cada cosa tenía un lugar, y cada desviación era una grieta por donde podía entrar el caos.
Pero cuando el mundo comenzó a cambiar más rápido que sus rituales, los Hijos de Itzamná se enfrentaron a una verdad incómoda: proteger el orden exige decidir quién queda dentro y quién fuera. Su historia no trata de fe ciega, sino del peso de sostener a muchos sin quebrarse; del precio de la permanencia cuando el movimiento se vuelve inevitable. Aquí, la pregunta no es si el orden es necesario, sino cuánta vida puede sacrificarse para conservarlo.
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