El primer día en la academia fue un torbellino de rostros desconocidos y miradas cargadas de evaluación. Se movía con la gracia de una depredadora acorralada, sus ojos verde esmeralda escudriñando cada rincón, cada sombra, cada potencial amenaza. Había aprendido a confiar solo en sí misma, en sus instintos y en la magia esquiva que apenas empezaba a comprender.
Sentado en la primera fila del Gran Salón, ajeno a la conmoción que su sola presencia causaba, estaba él. Kaelen. La encarnación de todo lo que ella despreciaba: poder desmedido, arrogancia descarada y una belleza tan afilada que dolía mirarla. Su cabello negro caía rebelde sobre una frente que parecía hecha para albergar coronas, y sus ojos, del color del acero pulido, irradiaban una frialdad que helaba la sangre. Se rumoreaba que era el heredero de la Casa Sombra, la familia más temida y poderosa de Eldoria, cuyos magos se especializaban en artes prohibidas.
Sus miradas se cruzaron. Fue un instante, apenas un parpadeo, pero suficiente para que una chispa, más parecida a una descarga eléctrica que a una conexión, recorriera el espacio entre ellos. En sus ojos de acero, Elara vio un reflejo de su propia oscuridad, una ferocidad latente que la hizo retroceder instintivamente, aunque su cuerpo se tensó en una postura defensiva, lista para el ataque. Él, por su parte, esbozó una sonrisa lenta, una curva apenas perceptible en sus labios que prometía tormento y desafío.
La tensión en el aire se volvió palpable, un campo de fuerza invisible que separaba a la recién llegada del resto de los alumnos. No era solo rivalidad, era algo más profundo, una animosidad cruda que emanaba de sus almas como un veneno dulce. En ese momento, Elara supo que su estancia en la Academia Arcana iba a ser mucho más complicada de lo que había previsto. Y en el fondo, muy en el fondo, una parte de ella, una parte que intentaba desesperadamente mantener dormida, se preguntó qué pasaría si esa tensión se
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