La mujer ya estaba muerta cuando el mar la devolvió a la orilla, pero El Barco fingió no darse cuenta. Las olas golpeaban su cuerpo con una constancia cruel, como si intentaran borrar las marcas que nadie quería mirar demasiado de cerca. El agua salada se mezclaba con la sangre, arrastrándola hacia las alcantarillas del puerto, mientras las luces de gas parpadeaban con indiferencia. A pocas calles de allí, alguien cerraba una ventana con llave, convencido -por error- de que esa noche estaría a salvo.
La lluvia lavaba las calles de El Barco, pero no el rastro del crimen. Jack Rosell encendió otro cigarrillo bajo el toldo de un almacén cerrado; la nicotina le raspó la garganta mientras observaba la cinta de precaución sacudirse con el viento helado. Otra noche. Otra víctima. Otra mujer sola, devuelta por la ciudad como un secreto mal enterrado.
El puerto, que alguna vez había sido el orgullo de la costa, ahora se ahogaba en un miedo silencioso. Los marineros bajaban la voz, los comerciantes cerraban temprano y las mujeres caminaban con la mirada fija en el suelo. Cada nuevo titular era un ancla más que hundía a la ciudad en su propia oscuridad.
Jack conocía bien el rostro del miedo: lo había visto demasiadas veces, en los ojos abiertos de los muertos y en el temblor de los vivos. Pero este asesino... este era distinto. No dejaba solo cuerpos, dejaba preguntas. Y las preguntas eran lo único que realmente lo mantenía despierto por las noches.
Mientras maldecía en voz baja su impotencia y aplastaba el cigarrillo contra el empedrado mojado, a unas manzanas de allí, Isabella sostenía un viejo sobre amarillento entre manos temblorosas. Era lo único que conservaba de su padre. Una pista olvidada. Un recuerdo que aún no sabía leer.
Sin saberlo, ambos caminaban ya hacia el mismo abismo.
Y El Barco, paciente y hambrienta, los observaba.
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