En un pueblo tranquilo, bastante tranquilo, hay alguien que la observa en silencio, esperando el momento exacto para volver a tenerla en sus brazos.
Él nunca la sigue de frente.
O eso cree ella.
A veces ella lo siente: una presión en la nuca, un peso espeso en el aire, la certeza enfermiza de no estar sola aunque no haya nadie. Su intuición intenta advertirla, pero ella lo ignora. Se dice que es paranoia. Siempre lo hace.
Y él...él se alimenta de su ingenuidad.
Disfruta verla dudar de su propia mente. Disfruta cómo aprende a desconfiar de sí misma más que del mundo. Porque no tiene prisa. Nunca la tuvo. El tiempo no corre para él: se manipula a su antojo.
Las grietas ya existen. En su sueño, donde alguien la llama sin cesar. En su corazonada que le advierte incansablemente. Solo necesita presionarlas un poco más, hasta que se quiebre sola...y vuelva hacia él creyendo que fue su decisión.
Cuando finalmente la encuentre, Darmayone comprenderá -demasiado tarde- que nunca estuvo huyendo de algo externo, sino obedeciendo a un llamado antiguo, paciente e inevitable. Que cada paso lejos fue, en realidad, un paso de regreso.
-Estoy más cerca de lo que crees, mi hermosa Papillon. Pronto llegará el momento en que volvamos estar juntos.
En donde su verdadero peligro no es ser perseguida, sino no poder distinguir si alguna vez fue libre.
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