Soñar con ella.

Soñar con ella.

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WpMetadataReadComplete Mon, May 25, 2015
A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en un lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna. Era esa hora en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza. Ella, fría, calculadora, me atajó sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más. Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos. En la cerveza número once o doce, quizá en la primera perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido. La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lagrimas muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
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En un tiempo olvidado, cuando las estrellas aún cantaban en silencio, tres tierras existían bajo un cielo compartido. Tres reinos, unidos por un lazo invisible, pero separados por un mandato antiguo como el mismo viento: el amor entre ellos, prohibido. La pureza de sus miradas, reflejada en los ojos de quienes habitaban sus dominios: lila, gris, turquesa. Colores que no podían entrelazarse, destinos que no podían cruzarse. Pero como todo destino sellado, el silencio de las estrellas comenzó a romperse. Un amor creció en las sombras, tan silencioso y profundo como la tierra misma. Dos almas, nacidas de mundos opuestos, tejieron una historia que desafió lo imposible. El eco de sus pasos resonó en la memoria de los antiguos, dejando una huella que ni el tiempo logró borrar. En un lugar donde la traición se disfrazó de justicia, y la belleza se deshizo en dolor, el mundo cambió para siempre. Uno cayó, y la luna ya no brilló igual. La tierra tembló, y el futuro se desvió, como una corriente que se olvida de su curso. Pero la historia nunca se olvida del todo. En los rincones olvidados de la memoria, los ecos del pasado llaman, guardando su momento. Los hijos de lo perdido despiertan, y las estrellas, una vez más, comienzan a susurrar sus nombres. La luna, al fin, hará su último canto.

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