Siempre pensé que amar era algo ambiguo, algo que solo los más valientes se atrevían a explorar.
Yo me conformaba con observarlo desde lejos, como se observa una pintura hermosa en un museo: con admiración, pero sin tocarla.
Creí durante mucho tiempo que simplemente no estaba hecho para eso.
Que había personas destinadas a sentirlo todo... y otras, como yo, a mantenerse a salvo.
Hasta que apareció él.
Y entendí que el amor no era una obra para contemplar, sino una experiencia que te exige entregarlo todo, incluso aquello que juraste proteger.
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