Una historia de amor entre un viajero del tiempo y un alienígena melancólico.
Había una vez un viajero del tiempo llamado Smart, que recorría los años como otros recorren estaciones de tren. Siempre que algo dolía o extrañaba a alguien, apretaba su pequeño reloj de bolsillo dorado y regresaba a un momento feliz: la risa de su madre en 1997, el atardecer azul de París en 2124, o el día que aprendió a tocar el piano bajo la lluvia del 2056.
Smart no le tenía miedo al tiempo. Lo conocía como a un amigo caprichoso.
Pero un día, mientras intentaba detener un rayo solar para ver mejor la aurora boreal en Saturno, su nave temporal se desvió... y cayó suavemente sobre la superficie congelada de Plutón.
Allí, entre nieblas azules y valles cristalizados, vivía Boom, un alienígena de ojos enormes como galaxias apagadas y piel que brillaba como el hielo al sol. Boom era el último de su especie, y cada que su corazón dolía, volvía a Plutón. Allí los recuerdos no pesaban tanto. Allí el silencio lo abrazaba.
-"¿Quién eres?" -preguntó Boom con voz suave.
-"Alguien que viaja para no olvidar. ¿Y tú?"
-"Alguien que se esconde para no sentir."
Así comenzó su historia.
Él le habló de la Tierra, de las olas y los trenes antiguos, de películas en blanco y negro, de las flores que abren solo con el sol.
Boom le habló de sueños que solo tienen los que han vivido mil años, del silencio que cura, de lo que se siente ser invisible.
Pasaron días o siglos -el tiempo no era tan importante allá. Smart reparó su reloj, pero ya no tenía prisa por usarlo. Y Boom ya no se escondía tanto.
Pero ambos sabían que no pertenecían al mismo universo.
-"Yo viajo al pasado para sostener mis recuerdos. Pero tú... tú haces que quiera quedarme en el presente."
Esta historia no es lo que parece
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