Hay personas que llegan a tu vida sin hacer ruido y aun así, cambian la forma en que respiras.
No entran como un acontecimiento, sino como una tradición que prevalece. Primero están, luego se quedan. Y cuando quieres darte cuenta, ya no recuerdas cómo era el mundo antes de que llegaran ellas.
Empieza con miedo.
Con un niño que llega a una escuela nueva sintiendo que todo es demasiado grande, demasiado rápido, ajeno. Con otro que no sabe explicar por qué decide caminar a su lado, pero aun así,lo hace. No como héroe, mucho menos como un salvador.., sino como alguien que se queda porque quedarse le nace.
Crecen así. Sin darse cuenta.
Entre recreos de unos 30 minutos, silencios que duran años, miradas que no significan nada... hasta que un día significan demasiado, todo...
Lo cotidiano se vuelve delicado, la cercanía empieza a doler suave, Y aquello que siempre estuvo ahí, eso que nunca se nombró en alto; empieza a latir como si pidiera ser visto.
Es una historia de segundos que se alargan, de palabras que no salen, de cuerpos que aprenden a inclinarse uno hacia el otro sin permiso previo. De vínculos que son como la materia: no aparecen de la nada ni se destruyen por completo, solo se transforman.
Porque hay relaciones que no nacen de golpe. Se construyen desde lo mínimo.
En lo repetido. En lo que parece insignificante hasta que ya no puedes soltarlo.
Y un día entiendes, con una mezcla de vértigo y ternura, que eso que sentías sin saber que era, eso que te acompañó desde antes de tener nombre...
siempre fuiste tú dentro de ello.
Siempre fueron ellos.
All Rights Reserved