Lisa siempre había sido alguien a quien se le prestaba atención sin siquiera buscarlo. Su forma de moverse, su elegancia natural y esa mezcla de timidez y serenidad la hacían destacar donde fuera, aunque ella solo quisiera pasar desapercibida. Lo curioso era que, mientras Lisa permanecía callada, concentrada en sus estudios o ayudando en el trabajo de su padre, su mundo se había vuelto un pequeño torbellino de miradas, gestos y competiciones silenciosas que ella no comprendía del todo.
Rosé, su amiga más cercana y protectora, lo había notado desde el principio. Cada vez que Lisa estaba cerca de alguien más, una chispa de celos cruzaba su mirada, aunque tratara de disfrazarla bajo gestos de amiga preocupada. Porque, sin que Lisa lo supiera, había quienes empezaban a interesarse en ella, atraídas no solo por su belleza o su delicadeza, sino por esa inocencia que parecía envolverse en un halo irresistible.
Para Rosé, todo esto era un desafío constante. Mientras ella se preocupaba por Lisa, cuidándola, marcando límites y observando cada acercamiento, cada gesto de interés de los demás se sentía como una pequeña invasión a su espacio emocional. Y aunque Lisa no se daba cuenta, su corazón y su mente estaban en medio de un juego que la hacía irresistible para todos, y que Rosé tendría que aprender a soportar, porque nadie parecía dispuesto a dejar de buscar su cercanía
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