El trono de mi padre no está hecho de oro, sino de los huesos de quienes intentaron desafiarnos. A mis quince años, mi nombre ya es una promesa de muerte y mi linaje, una religión que no admite infieles. Yo soy el depredador, el dueño legítimo de este imperio de sangre. Pero mi madre, en un delirio de caridad retorcida, decidió traer una rata a nuestro palacio.
Nana. Una bastarda recogida del fango, envuelta en seda blanca para ocultar el olor a humedad y abandono que emana de sus poros. Creen que pueden lavarle la sangre de alcantarilla con modales de cristal y cubiertos de plata. Creen que, si camina como nosotros y usa nuestro apellido, el mundo olvidará que fue comprada por un par de monedas en un edificio en ruinas.
Pero yo estoy aquí para ser su sombra. Para recordarle, cada vez que la luz de la luna toque su piel, que es una impostora. Ella es solo una muñeca de porcelana barata en un salón de mármol; yo soy el fuego que acabará por agrietarla.
Que disfrute de sus sábanas de seda y de los besos en la mano de los jefes de la mafia. Porque el día que yo tome el trono, la corona no será lo único que reclame. Mi primera orden como rey será devolverla al lodo, y me aseguraré de que para entonces haya olvidado cómo sobrevivir sin el lujo que me pertenece por derecho de sangre.
La sangre azul se hereda. La corona se arrebata. Y el fango... el fango siempre reclama lo que es suyo.
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