
La historia que todos conocen... es una mentira. Antes de que Sabrina Spellman naciera bajo el techo de la funeraria, antes de que Hilda y Zelda la criaran como su sobrina, antes incluso de que el apellido Spellman fuera sinónimo de poder en Greendale, existió Tesa Spellman. La menor de las hermanas Spellman. La más brillante. La más peligrosa. Tesa no era una bruja común. Sus dones rozaban lo imposible: milagros disfrazados de hechicería, magia viva que no provenía solo de los conjuros, sino de su sangre. Porque sobre ella pesaba una antigua herencia: por culpa de una antepasada olvidada, Tesa había nacido siendo mitad ángel y mitad demonio, un equilibrio prohibido que la volvía única... y temida. Fue en una noche sin luna, caminando sola por el bosque de Greendale, cuando su destino cambió. Allí conoció a un hombre de belleza imposible, mirada ardiente y sonrisa peligrosa. No sabía su nombre. No preguntó quién era. Solo supo que cada encuentro con él la consumía más de lo que la magia jamás lo había hecho. De esos encuentros nació su primogénita. Tesa la llamó Sabrina Spellman. La verdad llegó como una condena: el padre de su hija no era un hombre cualquiera... era Lucifer, el mismísimo Señor Oscuro. Zelda entendió el peligro antes que nadie. Vio a su hermana demasiado joven, demasiado poderosa y demasiado enamorada. Sabrina no solo era una niña: era una grieta en el equilibrio del mundo oculto. Así que tomó la decisión más cruel. No encerró a Tesa. No la durmió. Le robó la memoria. Mediante un antiguo hechizo Spellman, Zelda borró de su mente todo rastro de magia, de Greendale, de Lucifer... y de su propia hija. Luego la envió lejos, a un lugar donde lo sobrenatural convivía con lo humano sin levantar sospechas: Mystic Falls. Allí, Tesa vivió. Amó. Sufrió. Construyó una vida que no le pertenecía. Nunca supo quién había sido realmenteAll Rights Reserved
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