-Disfrutaste que ella te mirara, ¿verdad? Disfrutaste estar tan cerca que podías oler su miedo -susurró ella, y Nobleman sintió un escalofrío recorrerle la columna-. Escúchame bien. Tú eres mío. No de la doctora, no del laboratorio, y mucho menos de esa bruja. Eres mío y de nadie más.
Hannah apretó más el agarre en su mandíbula, obligándolo a mirarla a los ojos. La distancia entre sus rostros desapareció hasta que sus narices se rozaron, compartiendo el mismo aire cargado de tensión. Nobleman podía ver el destello hipnótico y oscuro en las pupilas de Hannah, esa fuerza que ella siempre escondía del mundo, pero que ahora volcaba enteramente sobre él.
-No quiero volverte a ver cerca de alguien más de esa manera -sentenció ella, su aliento chocando contra los labios de él-. Si lo haces, no me detendré solo en ella.
Se quedaron así, congelados en un momento de pura posesividad. Nobleman no intentó soltarse; al contrario, sus manos buscaron la cintura de Hannah, disfrutando del fuego que emanaba de ella. A él le gustaba ser la presa de Hannah tanto como ella disfrutaba ser su dueña.
Hannah, sintiendo que ya había marcado su territorio, suavizó ligeramente el gesto. Sin romper el contacto de sus narices, se inclinó un poco y le dio un beso corto y suave en la frente, justo sobre donde el flequillo ocultaba su cicatriz. Luego, descendió y dejó un beso lento en la punta de su nariz.
Fue un gesto de una ternura aterradora.
-Eres lo único que tengo -murmuró ella, con su voz volviendo a ese tono dulce que engañaba a todos-. No permitas que tenga que recordártelo de nuevo.
Hannah lo soltó y dio un paso atrás, recuperando su postura elegante y su mirada serena como si nada hubiera pasado. Nobleman se quedó apoyado contra el metal, jadeando levemente, con el pulso a mil por hora y una sonrisa de absoluta adoración en el rostro.
-Entendido, Hannah -dijo él, acomodándose el cuello de la camisa y dejando que su fl