Compartir piso no estaba en sus planes. Compartir miradas largas, tampoco. Dos chicas, un contrato de alquiler y demasiadas normas que ninguna piensa cumplir. Las discusiones empiezan por tonterías: el ruido, el orden, el espacio... pero lo que de verdad molesta es lo mucho que se afectan mutuamente. Entre silencios tensos, pullas constantes y noches demasiado largas bajo el mismo techo, el odio empieza a confundirse con algo más difícil de ignorar. Porque a veces no es que no te soporten. Es que te importan demasiado.
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