Mar del Plata siempre iba a ser de ellos. Del ruido del mar, las tardes eternas y las promesas que dos chicos hicieron sin saber que algún día crecer también significaría perderse. Selena Rowa tenía ocho años cuando conoció a Lucas Martínez Quarta en la playa. Él soñaba con jugar en River; ella, con convertirse en actriz. Desde entonces, cada verano los encontró juntos. Hasta que Selena se fue. A los doce años se mudó a Estados Unidos después de conseguir un papel en una serie infantil. Con el tiempo, su nombre empezó a aparecer en todos lados. Entrevistas, revistas, programas de televisión. Mientras tanto, Lucas seguía en Argentina luchando por llegar a Primera. Durante un tiempo siguieron hablando. Después cada vez menos. Lucas nunca dejó de pensar en ella, aunque terminó convenciéndose de que Selena sí lo había olvidado. Hasta que una tarde su hermana menor apareció corriendo al living. -¡Lucas, mirá! ¡Es Lena! Y ahí estaba ella, sonriendo desde una pantalla como si el mundo entero la conociera menos él. Meses después, Selena escuchó el apellido Martínez Quarta en la televisión. River Plate. Debut. Y volvió a verlo después de años. Más grande. Más lejos. Pero todavía sintiéndose como casa.
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