Cada vez que me miro al espejo, no sé si soy yo quien devuelve la mirada.
Hay mañanas en que despierto con la certeza de no estar solo. No es una sensación metafórica ni una forma poética de nombrar la nostalgia. Es algo más concreto, más incómodo. Hay presencias. Voces. Algunas irrumpen con gritos, otras lloran como si llevaran siglos esperando ser escuchadas. Otras no dicen nada. Solo observan. Y todas viven dentro de mí.
Mi terapeuta lo llama esquizofrenia.
Mi madre lo llama castigo divino.
Yo no les creo a ninguno.
Para mí, esto es una guerra.
Cada decisión cotidiana hablar, escribir, salir de casa se siente como una batalla ganada. Como si hubiera empujado a las otras conciencias hacia el fondo, obligándolas a retroceder. Hoy soy el dominante. Hoy soy el que piensa con claridad. Hoy soy el que escribe estas palabras. Pero el dominio nunca es permanente. Siempre es provisional. Siempre está en disputa.
Las voces tienen nombres, o al menos identidades que se aferran a uno. Lía llora por alguien que nunca conocí, pero cuya ausencia pesa como un duelo propio. Elías exige movimiento, huida, como si quedarse quieta equivaliera a desaparecer. Y hay una que no habla. Nunca. Esa es la que más miedo me da. Porque observa. Porque espera. Porque no necesita justificarse.
Dicen que todos tenemos voces internas. Pero ¿qué pasa cuando dejan de ser metáforas? ¿Cuando no piden permiso? ¿Cuando toman decisiones por ti?
Y si tú también las escuchas...
¿cuál de todas crees que está leyendo ahora?
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