Paulie y el pequeño Shanks llegarían otra vez tarde a la escuela.
No por descuido, sino porque su hijo insistió en amarrarse solo los zapatos ese día .
-Papá, mira, ya puedo -dijo el pequeño pelirrojo, orgulloso.
El zapato cayó al suelo por tercera vez.
Paulie respiró hondo.
-No pasa nada. Tenemos tiempo.
Mentía. Siempre mentía un poco para que su hijo no aprendiera a vivir con prisa, con miedo... como él.
Cuando cruzaron la reja de la escuela, el murmullo de otros padres hablando entre ellos, ya llenaba el aire. Voces, risas, miradas y teléfonos en mano. Paulie sintió ese nudo familiar en el estómago: el de ser observado siempre que llegaban los 2 tarde, que era todos los días, el no encajar del todo en este lugar.
Cuando levantó la vista, chocó con unos ojos fríos, oscuros.
-La entrada no es para detenerse, esta bloqueando la-añadió el hombre, con dureza, y una mirada fruncida de molestia
Pauline frunció el ceño en respuesta .
-Y usted podría aprender a hablar con más educación.
Y en eso el pequeño niño pelo azul que estaba siendo cargado por aquel adulto, miro al pequeño pelirojo que estaba al lado de Paulie tiró suavemente del hombro de su padre.
-Papá... mira ese niño pelirrojo es mi amigo.
Ambos adultos se quedaron en silencio.
Porque por primera vez, algo los obligaba a mirarse de verdad.
Y ninguno de ellos imagino que este sería el inicio y comienzo de una nueva historia.
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