Todas las formas que tengo para amarme
Lucas tiene diecinueve años, una sonrisa ensayada y el hábito de guardarse todo. Cuando conoce a Marcos en el ascensor de su universidad el primer día de clases, no está buscando nada. Pero algo en ese segundo lo cambia antes de que pueda decidir si quiere que lo haga.
Lo que viene después es todo lo que nadie te dice cuando te enamoras: los malentendidos que se acumulan, las peleas que dejan huella, el momento en que uno de los dos empieza a alejarse sin decirlo en voz alta. Y luego la ruptura. Y luego la traición, que es peor que la ruptura. Y luego el proceso de intentar rearmarse cuando uno ni siquiera sabe del todo cómo era antes de romperse.
Todas las formas que tengo para amarme es la historia de ese proceso. Del duelo que no avanza en línea recta, de las sesiones de terapia que hacen más preguntas de las que responden, de los días en que uno se promete que ya superó algo y amanece exactamente donde estaba. Es la historia de un chico que descubre, de la manera más dolorosa posible, que llevaba tanto tiempo intentando ser amado por los demás que olvidó aprender a amarse a sí mismo.
Pero también es la historia de lo que viene después. De la decisión de irse, de cruzar un océano y llegar a un pueblo en Italia llamado Barolo, donde el trabajo empieza a las seis de la mañana y hay cabras que no cooperan y vino que sí. De encontrar, en un lugar donde nadie conoce su historia, quién es Lucas cuando no tiene que ser nada para nadie más. Y de Francesco, que aparece sin aviso y sin manual de instrucciones, y que lo complica todo de la mejor manera posible.
Esta novela no promete respuestas. Promete honestidad. Promete que si alguna vez amaste tanto que te perdiste en el proceso, si alguna vez sentiste que el dolor que cargabas era demasiado grande para nombrarlo, si alguna vez te preguntaste si volvería a haber algo bueno del otro lado de todo eso, vas a reconocer algo de ti en estas páginas.