MÁS BRILLANTE QUE EL SOL
PRÓLOGO
En el Olimpo, donde los dioses gobernaban sobre el destino de hombres y mundos, el sol nacía cada mañana de la mano de Apolo, quien recorría el cielo en su carro dorado. Allí, Afrodita reinaba sobre el amor y la belleza, segura de que ninguna criatura -divina o mortal- podría igualarla.
Pero los hilos del destino se entretejen de formas que ni los dioses pueden predecir.
En las tierras lejanas de Anatolia, donde los campos de trigo bailaban con el viento y los ríos cantaban canciones antiguas, nació una princesa a la que sus padres llamaron Psique. Desde el día de su nacimiento, una luz cálida y dorada envolvía su ser - una luz que no provenía del sol, ni de ninguna llama terrenal, sino del propio corazón de la niña.
A medida que crecía, su belleza se hizo legendaria. Los poetas escribían versos sobre sus ojos de mar profundo, su cabello de oro fundido, y la gracia con la que movía cada uno de sus dedos. Pero lo que realmente hacía única a Psique no era su apariencia, sino la bondad que irradiaba hacia todos: ayudaba a los pobres, curaba a los enfermos y hablaba con la misma ternura a nobles que a esclavos.
Los rumores de su grandeza cruzaron mares y montañas hasta llegar al Olimpo. Algunos murmuraban que era una diosa en carne y hueso. Otros decían que era más hermosa que Afrodita misma. Y así, sin quererlo, la joven princesa despertó la envidia de la diosa más poderosa del amor, y atrajo la atención de dos dioses que cambiarían su destino para siempre.
Porque en un mundo gobernado por dioses, a veces la luz de un mortal puede ser más brillante que el sol.
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