En medio de una lluvia que parece ahogar cualquier rastro de vida, Mateo se refugia en el Hotel del Paraíso Perdido -un edificio silencioso que se alza como un monstruo en la oscuridad. Al entrar, el aire es frío y pesado, cargado de humedad y un olor a polvo y tiempo muerto. El reloj de la recepción marca siempre las 3:17 de la madrugada, su tic-tac un latido obsesivo que se mete bajo la piel.
Los pasillos se extienden como serpientes sin fin, con paredes de yeso amarillento que parecen respirar. En cada esquina, ojos redondos y oscuros emergen de la superficie, sin párpados ni párpados, fijos en su movimiento, siguiéndolo con una mirada que juzga cada paso, cada pensamiento. Sobre ellos, letras rasgadas y oscuras se arrastran por los muros: "NO HAY SALIDA", "ESTÁS ATRAPADO" -frases que cambian de lugar cada vez que mira hacia atrás, como si la propia pared estuviera hablándole directamente a su mente.
Las habitaciones son todas iguales, pero con detalles que hacen estremecer la sangre: camas con sábanas manchadas de un líquido oscuro que nunca se seca, espejos que reflejan una versión deformada de él mismo, ventanas que muestran siempre el mismo cielo cubierto y la lluvia cayendo sin cesar. Cualquier intento de escapar lo lleva de vuelta al mismo pasillo, frente a la habitación 732 -un número que se graba en su cerebro como un grito silencioso.
Cuando finalmente encuentra un libro viejo en una habitación distinta, desata la ira de un ser que debería ser el portero del hotel, pero que es todo menos humano: su cuerpo se distorsiona a voluntad, sus brazos se estiran como víboras, y su rostro es solo un agujero negro desde el que salen destellos amarillos. Corre tras Mateo con la intención de borrarlo del existir, susurracciones de piedra y sombra llenando los pasillos.
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