Maracaibo, 1866. El sol no tiene piedad, y nosotros tampoco la pedimos.
Me llaman Lucero, la "Estrella de la Mañana". Para la élite de levita y las damas que nos escupen desprecio desde sus balcones de hierro, soy un incendio que amenaza su paz. Para ellos, mi existencia es un pecado. Pero para el pueblo que suda y sangra conmigo en la polvareda, soy el rayo que precede al trueno. Mi cuerpo no obedece a leyes escritas en despachos; obedece al ritmo que dicta el cuero, al tambor y a la cinta roja que vuela en mi cabello como una bandera de guerra que nadie puede arriar.
A mi lado, marcando el pulso de la tierra, está Aparicio. El Recio Vasallo. Un hombre con hombros de ébano y manos de gigante que hace que la madera cante, gima y golpee como un corazón salvaje. Cuando él toca, Maracaibo entera tiembla. Y yo sé, en la certeza de mis huesos, que él no toca para el santo: toca para mí.
"Cada golpe de su tambor es un juramento de sangre. Dicen que el chimbángele es pecado, pero ignoran que es la única forma en que este pueblo ha aprendido a respirar. Si ellos son el orden, nosotros somos la tormenta."
Don Valeriano y la aristocracia han jurado silenciar los parches y encadenar mi danza. No soportan que en esta tierra existe algo que no pueden comprar: el amor de un vasallo y su mujer, un lazo más fuerte que todas sus leyes de acero y sus bayonetas. Pero han cometido un error fatal: han intentado encerrar al fuego.
"Pueden intentar callar nuestras voces, pero mientras el cuero vibre bajo las manos de Aparicio, yo seguiré girando. Porque aquí, la justicia no se pide; se baila."
Esta es nuestra epopeya. Una historia de sudor, religión pagana y resistencia pura bajo el sol inclemente de 1866. Porque cuando el tambor suena y yo empiezo a girar, el mundo entero comprende una única verdad: soy, por encima de la muerte y del imperio, la mujer del recio vasallo.
La mujer del recio vasallo: una inmersión visceral en el corazón rebelde de Maracaibo. Donde e
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