-Puedes disponer de lo que necesites, Irasue -dijo mi padre, al abrir su despacho a mis ojos. Me sentí maravillada por los libros que llenaban toda la pared y el escritorio, contrastando con la nieve de afuera de las ventanas. Entro.
Mi padre hace una reverencia. No entiendo por que siempre lo hace, no soy su superior. Yo debería hacer la reverencia, pero claramente no lo hago. Me deja a mis anchas y cierra el shoji, dándome privacidad. Comienzo a husmear. Tiene muchos pergaminos y libros, algunos registros de clanes que ya ni siquiera existen. Sé que lo dijo por mis estudios, pero técnicamente no especificó y no tengo que rendirle cuentas, y tampoco creo que se de cuenta si me llevo una o dos cositas de más, para mi misma.
Me paro de puntitas para alcanzar a ver estantes más altos. Recorro en silencio, tomando algunos pergaminos y dandoles un rápido vistazo. Ninguno me interesa lo suficiente para mantener mi atención así que mis ojos vagan por encima del papel para seguir analizando.
Encuentro una libreta encuadernada. Me parece preciosa. La tomo. Ojeo más libros y pergaminos. Decido que de momento ESTA libreta es todo lo que necesito.
Me dirijo a mi habitación y me encierro, sacando el pincel y tinta que están en el estante de mi escritorio. Me siento hinchada de orgullo. No se como iniciar así que pongo la fecha.
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