El tiempo, con su paso silencioso, fue tejiendo nuevas rutinas y aprendizajes. Clara y Daniel no eran los mismos que al inicio de su historia: habían amado, sufrido, caído y vuelto a levantarse.
Y, sin embargo, había algo que permanecía intacto: la elección diaria de caminar juntos.
El niño, con su risa luminosa, se convirtió en el puente que unió sus fuerzas y sus sueños. Ellos comprendieron que la vida no ofrece certezas eternas, pero sí instantes que, si se viven con amor, se convierten en eternidad.
Clara cerró su libreta por última vez, convencida de que no hacía falta escribir más: su historia ya estaba inscrita en cada mirada, en cada gesto, en cada amanecer compartido.
Porque el amor, cuando aprende a volar, deja de ser promesa para convertirse en destino.
Y así, bajo la misma luz que los había acompañado desde aquel primer encuentro bajo la lluvia, siguieron avanzando... siempre hacia adelante, siempre juntos.
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