Me siento como quien ha descubierto un amor verdadero justo en el momento exacto en que comprende que no puede quedarse a vivir en él.
Como si el corazón hubiera encontrado su hogar en un lugar hermoso... pero inhabitable.
Lo amo.
Lo digo sin dudas, sin adornos, sin defensas.
Lo amo de esa forma limpia y feroz que no pide permiso ni se deja domesticar por la razón.
Lo amo porque cuando estuvimos juntos, aunque fue poco tiempo, fue intenso como una llama que sabe que va a apagarse y por eso arde con todo.
Porque en ese breve espacio compartido, mi alma se abrió sin miedo y reconoció algo verdadero.
Y, aun así, sé que no somos afines para un futuro construido como pareja.
No porque falte amor, sino porque a veces el amor no basta para sostener una vida entera.
Eso es lo más cruel de todo: no hay villanos, no hay errores, no hay falta de sentimiento.
Solo dos personas que se aman, pero no encajan en el mismo destino.
Dentro de mí habitan los sentimientos más bonitos y reales que he conocido.
Son suaves y al mismo tiempo desgarradores.
Porque deseo besarlo, deseo abrazarlo, deseo verle a todas horas, como si el tiempo solo tuviera sentido cuando su presencia lo ocupa.
Mi cuerpo lo recuerda incluso cuando no está: la memoria de su cercanía pesa más que la distancia.
Y no puedo hacer otra cosa más que aguantarme.
Aguantarme como quien contiene el llanto en medio de una multitud.
Como quien aprieta los dientes para que el corazón no grite lo que quiere.
Pero duele.
Duele de una forma silenciosa, constante, profunda.
Duele porque mi corazón no entiende de futuros imposibles ni de compatibilidades racionales.
Mi corazón solo quiere perderse en sus brazos,
solo quiere ese lugar donde se siente a salvo,
solo quiere que no me suelte nunca.
Hay una tristeza serena en este amor, una belleza melancólica.
No es un amor roto, es un amor completo... que no puede desplegarse.
Y eso lo vuelve más pesado, más inolvidable, más mío.
Tutti i diritti riservati