Crees que el silencio es la ausencia de sonido, pero estás equivocado. El silencio es simplemente el momento en que los demás han decidido bajar la voz para conspirar mejor.
Desde que tienes memoria, te han vendido una mentira piadosa que tu cuerpo es un templo y que tú eres su único dios. Te enseñan que cada pensamiento que cruza tu mente lleva tu firma, que cada impulso de mover un dedo nace de una fuente única y centralizada. La ciencia lo llama "conciencia"; la religión lo llama "alma". Pero ambos se equivocan en la cantidad.
La mayoría de las personas -esos que caminan por la calle con la mirada vacía y la mente en paz- son dictadores afortunados. Nacieron con un alma tan brutalmente dominante que aniquiló a cualquier otra esencia competidora antes del primer llanto. Sus "voces" fueron silenciadas en el útero, reducidas a meros instintos o sueños que olvidan al despertar. Son monarquías absolutas de un solo hombre.
Tú eres el resultado de una guerra civil que nunca terminó. En tu interior, la habitación está llena. No eres una sola esencia; eres una multitud de náufragos apretujados en un solo bote salvavidas. Si hoy puedes decir "yo", si hoy puedes decidir caminar hacia la izquierda o hacia la derecha, es solo porque tu alma -la que crees que es tu verdadera identidad- es, por el momento, la más fuerte.
Es ahí cuando el suspenso deja de ser un sentimiento y se convierte en tu realidad. Esas voces que los médicos quieren medicar no son neurotransmisores fallando. Son los "débiles" susurrando desde los rincones oscuros de tu cráneo. Son las almas que perdieron la batalla por el control del sistema nervioso, pero que siguen vivas, hambrientas, esperando un momento de duda, un segundo de fatiga o un gramo de miedo para reclamar su turno al mando.
Bienvenido a la verdadera naturaleza de tu mente. No estás enfermo. Estás siendo asediado. Y la regla de este libro es simple: si dejas de escuchar tu propia voz por un segundo, podrías no v
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