Desde el primer día que Selene entró al laboratorio -bata blanca impecable, voz serena trazando estructuras como si revelara secretos del universo-, Astrid sintió que su corazón ya no le pertenecía.
Fue amor instantáneo, silencioso e intenso: cada clase una excusa para mirarla, para guardar en la memoria la curva de su sonrisa al explicar una reacción perfecta.
Cuando el semestre terminó y llegó el momento de despedirse, Selene se acercó a la puerta, la miró con esa calidez sutil y dijo:
-Cuídate mucho, Astrid. Espero verte de nuevo... algún día.
Esas palabras se clavaron en ella. Durante dos semestres enteros, Astrid no pudo dejar de pensar en esa voz, en esa promesa velada, en la ausencia que dolía como un vacío constante.
Hasta que la lista apareció... y Astrid volvía a ser su alumna.
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