Axel no gobierna por amor, gobierna porque nadie se atreve a desafiarlo.
Su nombre es una orden, su silencio una amenaza. Donde él camina, los clanes se alianzan o caen. No necesita levantar la espada: el miedo hace el trabajo por él. Es un caballero forjado para mandar, entrenado para destruir, incapaz de permitirse debilidad.
Farfadox no debió existir en su mundo, no porque fuera débil. Sino porque no se le arrodilló. Él no le teme al nombre de Axel, no baja la mirada. No entiende el lenguaje del miedo. Y eso -en un reino construido sobre la obediencia- es una blasfemia. Farfa no quiere el trono, no quiere el clan, no quiere poder. Quiere algo más peligroso: que Axel se mire a sí mismo sin el título de líder, sin la "fama" de su nombre. Y ningún líder sobrevive a eso.
Entre guerras que se planean en susurros, alianzas que se rompen en la oscuridad y decisiones que se condenan a cientos, Axel y Farfa quedan atrapados en una relación donde el poder no se comparte: se impone, donde amar es perder el control, donde confiar es firmar una sentencia.
Aquí no hay rendición, solo autoridad, culpa, la lenta corrupción de todo lo que alguna vez fue humano.
Porque cuando el poder lo es todo... amar se convierte en el acto más peligroso de todos.
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