Antes de que existieran los días contados,
el mundo ya estaba negociando su conciencia.
No hubo explosiones.
No hubo sirenas.
No hubo un enemigo claro al que señalar en conferencias de prensa.
Lo que hubo fue cansancio.
Cansancio de esperar procesos.
Cansancio de rendir cuentas.
Cansancio de sostener principios que no daban resultados inmediatos.
En ese desgaste silencioso, la corrupción dejó de ser un delito y empezó a venderse como eficiencia. Se infiltró en capitales, organizaciones, ministerios y departamentos con la cortesía de un asesor bien vestido. Nadie sospecha de quien habla el idioma del progreso.
La Infección no llegó de golpe.
Se sentó a la mesa.
Primero fue una excepción.
Luego una firma rápida.
Después, una decisión "pragmática".
Y entonces ocurrió lo impensable:
los países empezaron a duplicarse.
No físicamente.
No todavía.
Una versión recordaba por qué existía.
La otra solo recordaba cuánto podía ganar.
Ambas caminaban con el mismo nombre.
Las organizaciones infectadas dejaron de proteger y empezaron a expandirse. Los países caídos no atacaban con armas, sino con influencia, presión, acuerdos contaminados. Cada contacto era un riesgo. Cada alianza, una posible mutación.
Los científicos lo llamaron fenómeno político irreversible.
Los estrategas, daño colateral.
Los sobrevivientes... lo llamaron el fin del mundo conocido.
Y en medio de ese tablero quebrado, alguien decidió no olvidar.
Bolivia no fue la más fuerte.
No fue la más influyente.
Pero tenía algo que el resto estaba perdiendo: memoria.
Por eso escribió.
Por eso contó los días.
Porque mientras alguien narre lo que pasó antes,
la Infección no habrá ganado del todo.
Así comienza el registro.
No del colapso,
sino de la resistencia.
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