El sonido de los motores era como un latido que no dejaba de crecer. El humo y el olor a gasolina llenaban el aire, mezclándose con las luces intermitentes y los gritos de la gente. Era una noche ruidosa, brillante y peligrosa... y Sam estaba en su elemento.
Yo la seguía sin entender muy bien cómo había terminado allí, en medio de una multitud que parecía vivir solo para la velocidad. Sam caminaba con una sonrisa que no podía ocultar, con esa mirada emocionada que solo aparecía cuando alguien la hacía sentir especial.
Me había dicho que había conocido a un chico llamado Dan. Me había pedido que la acompañara. Y yo, como siempre, había aceptado sin pensar demasiado.
Pero cuando lo vi, supe que esa noche no iba a ser como las demás.
Dan estaba cerca de la pista, tranquilo, seguro, como si el lugar fuera suyo. Sonreía con facilidad, saludaba a Sam con esa familiaridad que te hace sentir que todo está bien. Y, por un segundo, yo casi pude creerlo.
Entonces apareció el otro.
No fue el ruido lo que me hizo girar la cabeza, ni una sombra en movimiento. Fue la mirada. Una mirada fija, intensa, demasiado paciente para ser normal. Un chico alto, apoyado en la oscuridad, que observaba cada detalle como si ya supiera lo que iba a pasar.
No lo conocía. No había hablado con él. Pero su presencia me hizo sentir como si estuviera siendo marcada.
Sin palabras, sin gestos exagerados, solo con la quietud de alguien que no necesita llamar la atención para que todos lo noten.
Y mientras Sam reía con Dan, yo sentí que algo en mi pecho se apretaba. Una sensación fría, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
Ese chico no estaba allí por casualidad.
Y yo, sin saberlo, ya había empezado a formar parte de su mundo.
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